LA LIMPIEZA EN MEZCLAS, FORZAJES Y CONTROLES por Mariano Vílchez
El artículo que te ofrezco hoy es un poco denso. Voy, a tratar ni más ni menos, la limpieza en mezclas, forzajes y controles, tres aspectos esenciales de la cartomagia.
Eso sí, no te voy a divulgar conceptos pesados o demasiado complejos, sino tan solo algunos principios de sentido común que, en el mejor de los casos, te pueden servir de guía a lo hora de realizar estos manejos.
Coge tu café, tu whisky o tu infusión favorita y echemos a andar.
¿Me acompañas?
MEZCLAS Y FALSAS MEZCLAS
Como una vez le escuché decir con mucho tino a
Paco Rodas, nuestras mezclas deberían parecerse a las que realizan los
profanos.
Si la mayoría de los profanos hace una mezcla
breve por arrastre y luego un corte en mesa, convendría que también nosotros
realizáramos una buena mezcla (o falsa mezcla) por arrastre y un corte (o falso
corte) lo más parecido posible a este esquema común de mezclar.
Obviamente, si el espectador reconoce en
nosotros su forma de mezclar, es más probable que asuma nuestra mezcla como
auténtica, aunque sea falsa.
Si realizas una mezcla poco habitual, de ésas
que requieren cierta habilidad y maestría manipulativa, te arriesgas a encender
la bombillita del espectador, quien podría cuestionarse su la legitimidad.
En cambio, al transmitir sensación de
habilidad, estás sugiriendo que tienes la capacidad de hacer lo que quieras con
las cartas, como por ejemplo mantenerlas en un cierto orden a pesar de la
mezcla.
Hay autores que opinan que, como en el caso de
las florituras, esas mezclas llamativas podrían llamar demasiado la atención
sobre el factor habilidad en general, mermando el calado mágico de nuestros
juegos.
En efecto, muchos profanos satisfacen su
necesidad lógica al explicar nuestros efectos con clichés como “Eso es rapidez
en las manos” o “Es tan hábil que hace lo que quiere”, y con eso se quedan tan
panchos, sintiendo que han resuelto el misterio y escapando así de una
sensación de asombro que en muchas ocasiones temen.
¿Es recomendable entonces usar mezclas
sofisticadas y florituras en nuestra magia?
Aunque no formen parte de mi estilo personal
(yo me apunto más bien al concepto de torpeza despistante de Tamariz), creo que
sí que se pueden usar.
En la mayoría de las ocasiones, la magia es un
espectáculo y, como tal, se valora en ella cierta estética y belleza de
manejos. Incluso hay magos cuyo estilo se basa completamente en este concepto
del cuidado estético (Jean Pierre Vallarino, por ejemplo).
Pero sin llegar a esos extremos, puede ser
ventajoso recurrir a alguna floritura al principio de una actuación. Si hacemos
magia de restaurante, por ejemplo, el simple hecho de hacer un abanico perfecto
con las cartas nada más abordar una mesa capta rápidamente la atención de los
espectadores, adjudicándonos de inmediato el status de mago profesional.
Con todo, habría que cuidar ciertos aspectos
claves. Entre ellos:
1. Si hacemos una
mezcla especial, convendría que estuviera justificada por el juego.
En tahuromagia, por ejemplo, queda coherente
recurrir a la mezcla americana simplemente explicando que es propia de los
ambientes de juego. De hecho, es muy probable que nos encontremos con algún
espectador que la conozca o realice.
2. Convendría
desligar la habilidad de los momentos mágicos. Habría que dejarse de este tipo
de manejos bastante antes de que suceda la revelación del efecto, procurando
que las condiciones de imposibilidad hayan quedado muy claras y definidas, sin
florituras.
Es algo similar a lo que dice Tamariz acerca
de la comedia, un mago que recurra al humor debe abandonarlo cuando se acerque
al momento de la revelación del efecto para que el clímax no pierda la seriedad
de su fuerza.
3. Si hacemos
mezclas vistosas a modo de floritura, luego habría que dar la baraja al
espectador -si el juego lo permite- para que mezcle él mismo, asentándose así
en la mente de los espectadores la idea de que la baraja está realmente
mezclada.
FORZAJES
A menudo la actitud delata el forzaje.
Damos a elegir con cierta restricción una
carta y luego, una vez que el espectador ha cogido la carta que queríamos, nos
relajamos, instándolo con cierto desparpajo a que la devuelva donde quiera
dentro de la baraja, y además que mezcle como le dé la gana.
Obviamente este contraste de actitud entre la
normal restricción de manejos que supone un forzaje (salvo que se realice un
buen forzaje clásico) y esta repentina libertad de devolver la carta como se
quiere, con mezcla posterior incluida, puede llegar a llamar la atención del
espectador y llevarlo a la sospecha de que, de algún modo, tenemos identificada
su carta (esta idea está relacionada con la de evitar la incoherencia en el
estilo de manejos vista en un artículo pasado).
Si además en nuestra expresión facial y
corporal se refleja ese alivio y alegría que nos produce el hecho de que el
espectador haya cogido la carta deseada –sobre todo al hacer el forzaje
clásico-, entonces le pondremos la mosca detrás de la oreja con más razón.
A mí me gusta jugar a lo contrario.
Cuando fuerzo una carta con vistas a
encontrarla luego, me gusta jugar al despiste recurriendo a una estrategia
bastante tamariciana.
Una vez forzada la carta, corto por un lugar
preciso y se lo ofrezco al espectador para que coloque ahí la carta.
A continuación, tras cortar la baraja con
cierto cuidado -como si quisiera seguirle la pista a la carta-, afirmo que está
claramente perdida.
Obviamente, por razones vistas en el epígrafe
de autoconvencimiento, los espectadores cuestionan automáticamente mi
afirmación. Entonces les digo que veo caras de duda y que por lo tanto los
invito a cortar de nuevo. Cuando lo hacen, me vuelvo a fijar en su forma de
cortar, como si realmente me importase.
Todo el proceso presupone que estoy muy
preocupado por la ubicación de la carta, lo que descarta la posibilidad de que
pueda conocer su identidad. Si la conociera, ¿para qué iba a preocuparme por su
situación en la baraja si puedo buscarla luego tranquilamente tras la mezcla
del espectador?
Al final, tras toda la comedia, pongo cara de
contrariado y digo “¡Anda mezcla! De todas formas, creo que la he pifiado”.
La mayor parte de las ocasiones, la cara
atónita del espectador en ese momento me demuestra que la treta ha funcionado.
Ahora asume que, no sólo ignoro la identidad de la carta, sino que además
desconozco totalmente su ubicación dentro de la baraja.
Otro aspecto clave del forzaje que debemos
considerar es el peligro estructural de usarlo en un efecto de predicción
demasiado directo o lineal.
Imagina este juego. Tienes una carta en un
sobre a modo de predicción. Ahora das a forzar una carta. Se muestra la carta
elegida. Se saca la carta del sobre. Coinciden.
¿Qué puede pensar el espectador ante un juego
así? El espectador analítico no tendrá más remedio que considerar la
posibilidad de que, de alguna manera, le has hecho coger la carta que has
querido, aunque no sabe exactamente cómo.
Es una conclusión lógica y de Perogrullo.
¿Pero entonces no se puede realizar una
predicción directa con forzaje sin que los espectadores más analíticos
sospechen de su posibilidad?
Se puede si se cuidan un par de factores.
En primer lugar, habría que realizar una
revelación menos directa de la predicción.
Podrías, por ejemplo, sacar del sobre una
carta equivocada, de ésas cuyos puntos se mueven, cambiando su valor.
En este caso, el efecto ya no sería el de
estricta predicción, sino el de transformar la carta del sobre en la elegida,
con lo que la conclusión anterior no sería tan evidente para los espectadores.
Muchos efectos comercializados se basan en
este principio.
El segundo factor es elegir un forzaje de
nivel superior, por ejemplo, el forzaje al stop o el forzaje clásico.
Estos forzajes son tan buenos que puedes
decirle al espectador que va a elegir tal carta y a continuación hacerle el
forzaje, con gran impacto para él.
En otras palabras, el forzaje resiste el foco
final y puede ser efecto en sí mismo (piensa en otros forzajes que conozcas, a
ver si funcionarían de la misma manera).
Las barajas trucadas tipo svengali, mastermind
(Monte Cristo) o mirage, si se usan bien, también pueden cumplir con este
propósito.
Para terminar este apartado, te cuento una
anécdota muy ilustrativa acerca del peligro del uso lineal del forzaje.
En una ocasión un amigo profano me dijo que
había llegado a la conclusión de que los magos podían dar a elegir la carta que
les interesaba. Al parecer, en una boda, se había dedicado a seguir de mesa en
mesa a un mago contratado para el evento.
El mago en cuestión realizaba el juego del
wiregram en cada una de las mesas que animaba.
Por si no lo conoces, el efecto consiste en
que, al calentar un trozo de alambre, éste se pliega tomando la forma del
nombre de una carta elegida. Lógicamente siempre adopta la misma forma y la
carta correspondiente se tiene que forzar en cada ocasión.
Tras unas cuantas mesas recorridas, mi amigo
descubrió que el alambre dibujaba siempre la misma carta. ¡Y es que,
“casualmente”, los espectadores siempre elegían esa carta!
Tal vez hubiera sido interesante que este mago
hubiera usado tres wiregrams con el potencial de generar tres cartas distintas,
para ir luego alternándolas en las sucesivas mesas, previendo así la
posibilidad de que algún espectador pudiera seguirlo durante su actuación (lo
cual sucede muy a menudo en este tipo de eventos).
De este modo mi amigo no habría dado con la
tecla.
CONTROLES
Cuando somos neófitos, es fantástica la
sensación de poder que nos aporta la realización de los primeros controles.
Damos a elegir una carta, nos la devuelven y, con tan solo una maniobra secreta
o encubierta, ya la tenemos arriba para hacer con ella lo que nos dé la gana.
Yo también, como tú seguramente, disfruté
coleccionando varios tipos de controles en mis comienzos.
Sin embargo, por cuestiones de gusto y estilo
personal, con años fui desestimando el uso del control en la mayoría de mis
rutinas en pro de otras opciones -como forzajes, carta guía, vistazos o incluso
baraja marcada.
El control requiere una acción técnica
inmediatamente después de que devuelven la carta a la baraja, un momento
especialmente candente donde la vigilancia de los espectadores suele ser
máxima.
Para más inri, desde ese momento el espectador
normalmente ya no tiene la oportunidad de mezclar la baraja y de sentir que la
carta está realmente perdida.
No obstante, insisto, esto es una cuestión
personal. Si dispones de controles efectivos para tus rutinas, adelante con
ellos.
Antes de abordar el siguiente epígrafe, ahí
van tres ideas más sobre controles.
1. En primer
lugar, cuidado con los controles “cepo” donde, tras pedirle al espectador que
coloque su carta en un sitio determinado para luego juntar los paquetes con una
separación del meñique, enseguida se procede a realizar la maniobra (corte,
mezcla o salto), sin establecer un paréntesis de olvido previo.
Salvo que el control sea técnicamente
invisible (como un salto clásico ejecutado a la perfección), bastantes
espectadores (más de lo que se imagina) sospecharán que la carta ya está encima
de la baraja.
En muchas sesiones (propias y de otros magos),
tras el control, he escuchado más de una vez a algún espectador susurrarle a
otro:
Ya la tiene arriba.
Es una sospecha más frecuente de lo que
parece.
Insisto, si usas este tipo de controles,
procura diferir el momento de la maniobra.
Cuando el espectador devuelve la carta y la
cubres con el otro paquete (manteniendo la separación con el meñique), no
realices inmediatamente el doble corte o lo que sea que hagas para llevarla
arriba. Deja la baraja en la mano izquierda, manteniendo dicha separación del
meñique, y haz algún comentario (gesticulando incluso con la mano derecha) para
que se olviden de la baraja un instante.
Este paréntesis de olvido permitirá, un
momento después, realizar la maniobra de control de un modo más inocuo.
También puedes recurrir a un manejo más libre
a la hora de lograr y mantener el break.
Por ejemplo, mientras mantienes el break con
el meñique izquierdo, puedes hojear un par de veces la baraja con la mano
derecha. Como ya he señalado antes, este detalle suele relajar la atención de
los espectadores, ya que el hojeo aleja de un modo inconsciente cualquier idea
de control sobre las cartas de la baraja. Es como un punto y aparte. Dejan de
mirar tus manos, compruébalo.
O mejor aún. También puedes diferir la propia
separación del meñique usando por ejemplo el control por salida interna
automática (o splash, como lo llamo yo) que viene el libro de Vicente Canuto y
que ya te he descrito alguna vez.
Este control es muy efectivo, ya que le
transmite al espectador una gran sensación libertad y despreocupación. Si lo
ensayas bien, darás la impresión de que la carta está realmente perdida en el
mazo.
2. Otra opción
interesante es, en vez de controlar la carta arriba, controlarla en segundo o
tercer lugar de la baraja.
Supón que la controlas en segundo lugar. Ahora
puedes volver la carta superior, mostrando que no es la elegida para, a
continuación, introducirla dentro de la baraja (la elegida te queda en posición
top). Acto seguido, giras la baraja para mostrar que la carta de abajo tampoco
es la elegida. Puedes acompañar el manejo anterior con la siguiente frase (u
otra similar):
Supongo que tu carta no estará arriba…
ni abajo.
3. Una última
opción bastante minusvalorada es usar un crimp (esquina doblada) o un
puente.
Imagina que tienes un crimp en la carta
inferior. Das a elegir una carta y empiezas a hacer una mezcla hindú (que
mantiene fija la carta inferior, o sea la carta con el crimp). Le pides
al espectador que te pare cuando quiera y, cuando decide hacerlo, le ofreces el
paquete de la mano izquierda para que coloque su carta encima de él. Acto
seguido colocas encima el paquete de la mano derecha, colocando secretamente la
carta con crimp sobre la carta elegida.
Ahora puedes hacer una falsa mezcla por
cortes, al final de la cual invitas al espectador a cortar tantas veces cuanto
quiera (recuerda que para el espectador profano cortar es mezclar).
Al final, realizas un último corte por el crimp
y ya tienes la elegida arriba.
El manejo descrito es muy engañoso. Piensa que
el espectador siente que devuelve la carta donde quiere, que no hay separación
de ningún tipo y que además el espectador corta al final de toda la secuencia.


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