LA FALSA COMPLICACIÓN (por Mariano Vílchez)




 


Elegí en su día el termino de falsa complicación para designar la estrategia en la que el mago provoca secretamente una situación que parece complicar e imposibilitar definitivamente el resultado mágico pretendido. Sin embargo, en realidad esto no es así, ya que, al tener dicha situación prevista desde un principio, el mago puede resolverla, de un modo eficaz, inesperado y muy impactante para el público.

Este concepto es un recurso dramático, ya que, en cualquier guion teatral o cinematográfico, son los obstáculos y las dificultades del héroe los que suscitan la atención y el interés por parte del espectador.

Si esas dificultades no habría interés alguno en ver la película. El conflicto es la esencia del drama.

En magia, la falsa complicación capta el interés de los espectadores y potencia el clímax del efecto, ya que las dificultades hacen que los espectadores se cuestionen su consecución.

En el juego El mago lo arregla todo, por ejemplo, el mago produce tres cartas del mismo valor que, supuestamente, la elegida. Pero cuando ésta se revela, resulta que hay un error. La carta es de otro valor.

En este momento parece que el mago ha fracasado, que ha sido derrotado por las circunstancias.

Sin embargo, en el último momento, consigue que las tres cartas previas se transformen en las tres cartas del mismo valor que la elegida.

El momento es potente y explica la eficacia de este juego clásico.

 

Veamos ahora una serie de estrategias para aplicar este principio en tu magia:

 

El falso error

Es un clásico sobrevalorado el dar a entender, a la hora de revelar una carta o un resultado, que hemos fallado para, unos instantes después, mostrar que no era así y que hemos acertado.

El problema es que un falso no es fácil de interpretar de forma convincente, además de que los espectadores, cada vez más avezados, se lo huelen cada vez más, con lo cual se anticipan al acierto y produce un anticlímax: ¡Venga ya, sabemos que has acertado!

Tal vez lo más sensato, en la mayoría de la ocasiones, sea aguardar unos instantes, con cara impertérrita (sin expresar nada, ni acierto ni fallo), antes de la revelación. Un suspense neutro.

 

Piérdela… ahora.

Supongamos ahora que, tras forzar una carta, usar un vistazo o conocer su identidad por estar marcada, le anuncias al espectador que vas a dejar caer cartas de dorso en cascada sobre la mesa mientras miras para otro lado para que él devuelva la carta “cuando quiera”.

El espectador así lo hace cuando lo ve oportuno, pero tú sigues echando cartas como si no te hubieras percatado del hecho y, en un momento determinado, vas y detienes la cascada pidiéndole que devuelva la carta en ese preciso instante.

En ese caso, es probable que el pobre espectador -con cara de circunstancias- te indique que ya la ha devuelto.

La falsa complicación aquí proviene de lo que se percibirá por parte del público como un fallo involuntario del espectador, lo que propiciará que la revelación posterior adquiera una particular fuerza.

 

Ah, ¿pero has cortado?

Recuerdo haber visto a Tamariz aplicar este principio en un efecto de cuerda rota y recompuesta. Tamariz tenía en sus manos la cuerda en la posición clásica donde se ofrece un bucle para cortar (aparentemente) por el centro de la misma, cuando en realidad sólo se corta un cachito.

Entonces le pidió al espectador que cogiera unas tijeras mientras bromeaba un rato con él sobre la posibilidad de cortar la cuerda. En un momento determinado, Tamariz llevó al espectador hasta el punto de cortarla realmente, instante en el que el maestro puso cara de sorprendido y le soltó algo así: Ah, ¿pero has cortado?

Tanto el espectador como el público sentían que esta ruptura de la cuerda sucedía a contratiempo, lo cual agravaba la dificultad de resolución del juego, pues no sólo había cortado el espectador, sino que además parecía que no tenía que haberlo hecho, o al menos no en aquel momento.

El resultado era la sensación definitiva e incuestionable de que se partía de una cuerda rota y bien rota, lo que potenciaba el impacto de la restauración posterior.

 

El espectador falla… y luego lo consigue

El espectador también puede ser el protagonista de nuestra magia, y no sólo nosotros los magos. Hay rutinas donde el espectador realiza la magia (o así lo hacemos ver) como el Fuera de este mundo, Cortando los ases o el Triunfo (si lo enfocamos así).

En esta rutinas, a menudo resulta interesante un fallo inicial y luego la consecución. Por ejemplo, el espectador reparte las cartas en dos montones y resulta que no ha separado las rojas de las negras. Luego, con nuestra ayuda, lo logra.  Así puede suceder también con el juego Cortando los ases.

Estos primeros fallos refuerzan la lógica imposibilidad o dificultad del efecto, por lo que luego el clímax se fortalece cuando se logran.

 

Giros dramáticos

Hay juegos que parecen fallar por el clímax es diferente al esperado.

Un ejemplos es El cortar 10 popularizado por Eugene Burger en uno de sus DVD.

El mago reta los espectadores a cortar 10 cartas exactas. Cuatro espectadores lo intentan, pero, tras contar las cartas restantes, resulta que han fracasado (debería quedar 12 y no es así). Sin embargo, el mago demuestra que “de algún modo” han cortado 10. Entonces vuelve las cartas superiores de cada paquete: resultan ser dieces.

 

Torpeza o fallo del mago

Supón que das a elegir una carta y que, tras devolver el espectador la carta en el sitio que le indicas, al iniciar una mezcla, resulta que la baraja se te desparrama por la mesa por torpeza, pudiéndose incluso caer algunas cartas al suelo. En este caso, la falsa complicación surge por un (supuesto) fallo tuyo.

Si forzaste la carta, usaste un vistazo o utilizaste baraja marcada, la revelación de la carta tendrá ahora una mayor potencia, siempre, claro está, que el fallo haya sido creíble, como resultado de una interpretación no afectada de la situación.

 

Hecklers y ¿falsos hecklers?

Los espectadores que van a fastidiar y a pillar resultan ser una complicación natural (y no falsa). Desde el punto de vista dramática potencian el interés: hay un conflicto abierto y el mago está en apuros. Si logras salir del envite, el impacto final del efecto es mucho mayor.

¿Por qué no entonces pactar con algún compinche que vaya a fastidiarnos durante el efecto?

Nos puede pedir mezclar.

Puede arrebatarnos la baraja y mezclar él mismo.

Puede retar al mago que la carta viaje al bolsillo de determinado espectador.

Desde punto de vista conceptual es entendible que un posible compincha favoreciera nuestra magia… pero, ¿fastidiarla?

 

EL RETO PROVOCADO

El reto provocado es un principio desarrollado por Pit Hartling en su libro Cartoficciones. Es un tipo de falsa complicación especialmente eficaz que merece un estudio aparte.

Voy a incluir las tres categorías conceptuales que Pit explica en su libro para evocarte situaciones donde puedes aplicar este principio. Y al final te contaré una estrategia para aceptar el reto de una forma convincente que no despierte la sospecha de que todo haya podido ser una treta tuya

Imagina que estás haciendo magia por las mesas en una boda. En un momento dado, das a elegir una carta a un espectador y luego cortas el mazo por la mitad para que la devuelva en ese preciso punto.

Sin embargo, el espectador se niega y te exige devolverla en otro lugar donde a él le apetezca. Incluso llega a arrebatarte la baraja, introducir él mismo la carta en ella y luego mezclar a su antojo.

Esta dramática situación (tanto para el público como para el mago) tiene la ventaja de que lleva hasta el extremo el interés de los espectadores de la mesa. No hay duda de que, si logras resolverla, el clímax tendrá una potencia inusitada.

 Pero ¿y si resulta que, al acercarte a la mesa, has calado al espectador, intuyendo su posible conflictividad? ¿Y si le has forzado la carta o llevabas baraja ordenada -o incluso marcada- y sabes su identidad de antemano?

Entonces, quizá te has permitido el lujo de jugar un poco con este espectador y has enfatizado la palabra “ahí” en la frase “Coloca tu carta ahí”, con lo que has provocado su reto de querer colocarla en otro sitio.

Cuando ahora consigas encontrar su carta, el impacto en los espectadores va a ser lógicamente mucho mayor

Vamos ahora con cada una de las tres categorías conceptuales.


1. Coherencia situacional con el rol de mago

Está claro que si surge un problema en la vida real que pueda solucionarse con un pequeño efecto mágico, puede darse el caso de que tus amigos o conocidos te soliciten de un modo más o menos irónico tu intervención en él, máxime si previamente te han visto realizar un efecto similar en alguna actuación.

Imagina por ejemplo que te han visto presentar el sueño del avaro en una espectacular rutina donde has producido decenas de monedas y que, después de la actuación, resulta que te falta calderilla para la zona azul del parking (a ti o a alguno de tus acompañantes).

Entonces es bastante probable que alguien te rete jocosamente a que produzcas del aire la moneda requerida.

Otro ejemplo del propio Pit Hartling. Tras asistir a tu número de manipulación de naipes, alguien te pide una tarjeta para una posible contratación.

En ese momento es factible que, al ver acercar tu mano al bolsillo en busca de la tarjeta, esa persona (o alguno de sus acompañantes) de repente te pida que la produzcas mágicamente.

Sabiendo esto y teniendo en cuenta los efectos realizados en la actuación previa, si alguna vez quedas con profanos tras la sesión, es fácil prepararte para estas ocasiones donde puedan retarte y salir airoso simplemente por haber previsto el desafío.


2. Coherencia verbal

Como señala Pit Hartling -y como ocurre a menudo a la hora de hacer magia- aquello en lo que ponemos énfasis es precisamente lo que se nos cuestiona.

De esta manera, si calculamos premeditadamente lo que vamos a decir, entonces podremos provocar retos ya ganados.

Veamos algunos ejemplos.

En un ejemplo anterior, al decirle al espectador que colocara “ahí” la carta, le provocabas la necesidad de cuestionar el modus operandi y, no sólo lograbas que introdujera la carta por donde él quería, sino que además incluso podías incitarlo a mezclar el mazo sin habérselo solicitado.

Podrías haberle dicho incluso “colócala exactamente ahí”, con lo cual te habrías asegurado aún más su desafiante reacción.

En el efecto Colour sense (Sentido para los Colores) descrito en Cartoficciones, Pit va adivinando el color de algunas cartas al ir colocándolas una a una debajo de la mesa. Por el método usado, al llegar a las últimas cartas no sólo conoce el color, sino también el palo y el número de las cartas (es decir, su valor completo).

Sin embargo, no anuncia esto directamente, sino que antes provoca un reto.

“De esta carta percibo el color con total nitidez, es como si lo estuviera viendo todo.”

Al decir esto, algún espectador le pilla la palabra y le lanza el reto. “Si lo estás viendo todo, dinos el palo y el número.” La revelación total de la carta -y de las siguientes cartas- gana enormemente en impacto sólo por este pequeño desafío.

En otro efecto, Pit cuela previamente una carta en el bolsillo del espectador. A continuación, fuerza la misma carta en el mazo (la otra era un duplicado) y la pierde en el mazo.

Entonces le dice algo así: “La carta puede viajar a cualquier bolsillo, de hecho, siento cómo puede estar llegando a mi propio bolsillo.”

Esto puede propiciar que el espectador le responda lo siguiente: “Si puede viajar a cualquier bolsillo, ¿por qué no viaja al mío?”

Otro ejemplo, supón que acabas de realizar un cambio de billete con FP de 20 a 50 euros. Al final le sueltas esto al público.: “De esta manera podemos producir cualquier billete que necesitemos.”

Ahora es probable que obtengas esta respuesta: “Si es así, ¿por qué no lo cambias ahora por uno de 500?”

Como ya te imaginas, cuentas con un segundo FP preparado para salir airoso del reto.

Un último ejemplo de cosecha propia.

Al realizar mi versión de Siguiendo al Líder, la primera vez que intercambio los paquetes de lugar se produce, como es normal en este efecto, una continuidad en la correspondencia con los colores: las cartas negras siguen saliendo por la zona derecha (si la carta líder negra está en dicha zona) y las rojas hacen lo propio por la zona izquierda.

Al alterar los paquetes la primera vez, se produce, pues, una primera continuidad de gran impacto para los espectadores. En total vuelvo tres cartas de cada paquete y al voltear las dos últimas cartas de cada lado, digo intencionadamente: “Y así puedo seguir hasta el final.”

Casi siempre, en ese momento, alguien dice: “¿Y si cambias los paquetes otra vez?”

Entonces, como lo tenía previsto, invierto de nuevo los paquetes de modo que, al voltear las dos cartas siguientes, los espectadores comprueban con asombro que siguen en concordancia con el color de sus líderes. Como puedes imaginar, gracias al reto provocado, el impacto de esta coincidencia es demoledora para ellos.


3. Expectativas naturales

Como última categoría te voy a hablar de las expectativas naturales que surgen en determinadas situaciones. A mi juicio, las razones de estas expectativas son de orden metafórico, por expresarse de un modo natural e intrínseco ciertas ideas a través de los efectos: la necesidad de resolver un conflicto, el anhelo del retorno a un cierto orden (o a una juventud perdida), el impulso de la libertad, etc.

También las podemos interpretar desde un punto de vista físico y superficial: un estado físico alterado que invita a su restauración primigenia.

Concretando un poco, estos son los retos que pueden surgir dentro de esta categoría.

1. Que reaparezca un objeto que desapareció al principio del efecto.

2. Que se recomponga algo que se rompió.

3. Que se reordene algo que se desordenó de forma consciente.

4. Que se libere o desencadene algo que se ató o encadenó previamente.

 

Cómo aceptar el reto provocado

Para que cuele la estrategia del reto provocado es clave aceptar el reto de un modo adecuado.

Según sugiere Pit Hartling -y lo corroboro con mi propia experiencia-, aparte de no sobreactuar, tenemos que mostrar cierta confusión ante la petición, como si no entendiéramos en un primer momento qué es lo que se nos pide.

Luego, una vez fingimos haber entendido el reto, tenemos que hacer un intento sereno y humilde de lograrlo, sin triunfalismos ni entusiasmo desmesurado.

MAGO: La carta puede viajar a cualquier bolsillo, de hecho, voy a hacer que viaje al mío.

ESPECTADOR: Si puede viajar a cualquier bolsillo, haz que viaje al mío.

MAGO (con cara de confusión): No entiendo…

ESPECTADOR: ¿No dices que puede viajar a cualquier bolsillo? Pues que viaje al mío.

MAGO: A ver… Bueno… puedo intentarlo…

Esta estrategia encierra tres ventajas.

1. La primera es que permitirá que el reto llame mucho más la atención de los espectadores, al tener que ser reiterado por el espectador.

2. La segunda es que contribuye a que parezca realmente que nos han pillado fuera de juego.

3. Por último, al no expresar entusiasmo alguno ante el reto, la posibilidad de que los espectadores sospechen de la treta es mucho más remota.

 

 

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