EL PROBLEMA DE LAS EXPECTATIVAS EN MAGIA por Mariano Vílchez
LA EXPECTATIVA EN LOS JUEGOS SUSPENSE Y EN LOS
JUEGOS SORPRESA.
Ya hice mención en el artículo anterior de
estos tipos de efectos. Recordémoslos brevemente.
Los juegos suspense toleran la anticipación del
clímax, pues, de hecho, su fuerza se basa en esta anticipación. Bien porque se
beneficien de métodos diferentes en sucesivas fases (juegos repetitivos como
monedas a través de la mesa, ambiciosa, etc.), bien porque su método sea
especialmente ingenioso e insospechable, estos efectos pueden exponerse al
espectador antes de que sucedan, adquiriendo, por ello, mucha fuerza, fruto de
la extrema claridad e interés que suscita esta anticipación:
Voy a echar cartas sobre
la mesa y me vas a parar en el Dos de corazones…
Los ases se van a reunir
en este paquete...
Las monedas van a
atravesar la mesa una a una…
El espectador ya sabe lo que va a pasar, no hay
sorpresa. Sin embargo, se despierta un gran interés y mucha intriga:
¿Cómo lo va a lograr el
mago si, sabiendo yo lo que va a pasar, me voy a fijar a tope y no voy a dejar
pasar ninguna cosa rara que pueda explicar el efecto?
En los efectos suspense la expectativa es
buena. Queremos que los espectadores sepan cuál es el efecto y se lo esperen
para que, vigilando a sabiendas las condiciones, puedan valorar su consecución.
En cuanto a los juegos sorpresa, por su método
y construcción, no puede ser anunciados abiertamente por el mago. Requieren un
cierto desconocimiento de lo va a pasar -o puede pasar, los espectadores
siempre harán apuestas mentales- para engañar e impactar en los
espectadores.
Si, por ejemplo, queremos que una baraja azul
se transforme en roja y resulta que el método es que usamos una baraja ya roja
con una carta azul en posición superior que sacamos un estuche superior para
que el espectador asuma que es inicialmente azul, entonces nos podemos
anunciar: Esta baraja azul se va a convertir en roja. porque
entonces los espectadores van a querer examinar la baraja para comprobar que
realmente es azul.
En cambio, si no anunciamos nada, el espectador
se deja seducir por el color del estuche y de la carta top y se autoconvence
inconscientemente de que la baraja es azul (acción sedal, como la
denominaba Ascanio).
En los efectos sorpresa, no es bueno que los
espectadores se anticipen al clímax, o sea que no es bueno que la expectativa
surja demasiado pronto. Si lo hace y algún espectador anuncia el efecto antes
de que suceda, el clímax se diluye y pierde gran parte de su fuerza.
En el artículo anterior di un par de ejemplos
de esto.
Uno de ellos es que, realizando alguna asamblea
de ases, al mostrar que el primer paquete ha desaparecido el primer as, algún
espectador anuncie:
Los ases ya están
todos reunidos aquí.
Te puedes imagina como pierde fuerza el clímax.
Pero también en el artículo anterior aporté
diez estrategias para evitar la anticipación del clímax, es decir para evitar
una expectativa demasiado temprana.
En otras palabras, en los efectos sorpresa, no queremos
que los espectadores se anticipen al efecto demasiado pronto, queremos que
surja la expectativa cuando a nosotros nos venga bien, normalmente poco antes
de que suceda el efecto (o inmediatamente antes).
Esto tiene varias ventajas, entre ellas la de
que surja emoción de la expectativa en todos los espectadores a la vez. Hay dos
herramientas teóricas que sirven a este propósito: el atisbo y el melacorto.
Las veremos próximamente en este blog.
EVITAR FALSAS EXPECTATIVAS
Pero hay otro problema que puede surgir y es
que, por la estructura del juego, los espectadores lleguen a pensar que se va a
producir un efecto que, en realidad, no va a suceder.
Esta (falsa) expectativa frustrará a los
espectadores y empeñará el clímax del efecto que realmente va a suceder.
Supongamos que rompes una carta con otro
propósito que el de recomponerla. Pongamos que esta carta rota se va a
transformar en la carta (también rota) de otro espectador. Entonces, si no
aclaras a los espectadores que no vas a recomponerla, al final sus expectativas
pueden quedar frustradas, ya que, normalmente, la recomposición de una carta
rota es una consecuencia lógica y habitual en magia, amén de podrían haber
visto alguna vez una carta rota y recompuesta.
Habrás conseguido un efecto de transposición,
pero es probable que el efecto se empañe por no haber reconstituido la carta,
algo esperado por algunos espectadores.
Por ello, llegado el caso, tienes que comunicar
claramente que no es ése el efecto que te propones conseguir.
A continuación, voy a citarte cinco
expectativas que se producen automáticamente por la estructura del efecto y por
algunos patrones que los espectadores nos atribuyen como magos.
1. Rompemos un objeto (un periódico, una carta,
una cuerda).
Lógicamente anticipan una posible
recomposición.
La solución aquí es muy sencilla: decir
claramente desde el principio que ese efecto no va a suceder.
Por desgracia esta carta
ya no se va a recomponer, pero van a suceder otras cosas mágicas con ella.
2. Eligen una carta.
Se supone que la vamos a adivinar. Es una
expectativa obvia. Por eso es frecuente en ciertos juegos que, cuando
preguntamos por la identidad de la carta antes de realizar algún tipo de
revelación especial, a menudo los profanos nos sueltan algo así como:
¿Pero…te la tengo que
decir?
Este comentario, que a veces acarrea un cierto
anticlímax y ciertas risas en los espectadores, surge lógicamente por la
anticipación del efecto de adivinación. El espectador no quiere revelar la
información porque a nosotros nos toca adivinarla.
Para evitarlo, tenemos que tranquilizarlo y
darle un buen argumento antes de preguntarle.
Podemos decirle algo así como:
Mira. El sobre está en
manos de Laura. Por primera vez nombra tu carta, yo ya no toco nada…
O bien:
Mira, tengo la carta en la
mesa. Ya no toco. ¿Cuál era tu carta?
3. Piensan una carta.
Si le pedimos que piensen una carta, es obvio
que la vamos a adivinar. Por ello, el preguntar por ella para localizarla puede
llegar a ser sospechoso, a no ser que la estructura del juego o nuestra actitud
justifiquen dicha pregunta.
Veamos dos ejemplos pertinentes.
a. El manejo de la baraja invisible.
El manejo de la baraja invisible requiere que
le preguntemos al espectador la identidad de su carta para poder revelarla.
Obviamente, el momento no es el más adecuado, porque, si realmente supiésemos
la carta que ha pensado o que iba a pensar, no tendríamos que preguntarlo sino
hasta el mismísimo final de la rutina, cuando ya hemos sacado la carta de dorso
fuera de la extensión.
Cuando les he preguntado alguna vez a los
profanos acerca de cómo creen que es posible que la carta que pensaron aparezca
vuelta, algunos me han contestado, con bastante convicción, lo siguiente:
Cuando le dicen la carta,
el mago le da la vuelta con habilidad al extender la baraja.
Esta explicación, a pesar de ser falsa, es
lógica. El efecto es tan fuerte que los profanos se tienen que agarrar a esta
solución como a un clavo ardiendo, y, si lo piensas un poco, ésta es la única
explicación racional posible.
Una posible solución para este problema es
aplicar un principio al que recurría el mentalista Dunninger. Cuando sacaba a un espectador, durante el recorrido
desde la butaca hasta el escenario le pedía al espectador alguna información
clave (como su nombre), información que luego aprovechaba en el escenario para
revelarla con cierto efectismo.
En el caso de la baraja invisible, el mago
puede proponer a todos los espectadores que piensen en una carta. Luego, puede
tirar una bola al azar para elegir libremente a uno de ellos. En el trayecto
hasta el escenario le puede preguntar a este espectador, como quien no quiere
la cosa, la identidad de la carta que tiene en mente. Una vez en el escenario,
el mago realiza el manejo de la invisible y, de este modo, le puede preguntar
al espectador la identidad de su carta cuando ya la ha extraído del abanico.
b. El caso del juego Mnemonicosis.
En este juego de la baraja mnemónica, Tamariz le pide al espectador que
piense en una carta. Entonces se concentra, y de repente afirma de un modo
contundente y enérgico que ya sabe la carta. Acto seguido, recoloca para sí
alguna carta de la baraja y a continuación le pregunta al espectador -sin darle
importancia- la identidad de su carta. Cuando el espectador se la dice, Tamariz de nuevo con enorme entusiasmo
corrobora que ésa era la carta que tenía en mente. A continuación, comienza el
consabido proceso de localización de la carta a través de la intervención de
otro espectador.
La idea que Tamariz pretende expresar es que sabe clarísimamente la carta antes
de que la diga el espectador y, después de que éste la nombre, mostrar un gran
entusiasmo por su acierto. Toda esta estrategia pretende evitar la sensación de
que el maestro necesita conocer la carta para dar lugar a la asombrosa
revelación posterior.
Si no conoces el juego Mnemonicosis, consulta
el libro Sinfonía en Mnemónica Mayor
de Juan Tamariz.[1]
4. Sacamos un espectador al escenario y somos
mentalistas.
En este caso hemos de tener cuidado con lo que
preguntamos -y cómo lo hacemos- porque nos exponemos a alguna respuesta
embarazosa por parte del espectador. Y es que acudir a un espectáculo de
mentalismo supone tener ciertas expectativas acerca de las capacidades que
supuestamente tiene el mentalista.
Veamos un ejemplo sencillo.
¿Cómo te llamas?
Se supone que eres
mentalista. Averígualo tú.
Si eres mentalista y estás interesado en
manejar y prevenir este tipo de situaciones, te recomiendo estudiar los tres
volúmenes de la obra Psychological Subtleties
de Banachek (especialmente el tercero), así como los libros de la serie Mind Reading Lessons de Kenton Knepper.
5. Hacemos desaparecer un objeto.
En ciertas rutinas la desaparición de algún
elemento puede suscitar en el espectador una expectativa de reaparición. Tal es
el caso del juego Colgando Monedas de David
Roth, donde el mago simula colocar en el aire una serie de monedas que van
desapareciendo una a una conforme se van “colgando”. Finalmente se vuelven a
extraer del aire, volviendo a reaparecer todas de golpe.
En este caso, el juego pide claramente la
reaparición, máxime si nos basamos en el valor de las monedas como dinero y en
la frustración que supone perderlo sin más.
En otras rutinas, en cambio, la desaparición
puede ser redonda en sí misma, es decir que no tiene por qué ir seguida de una
reaparición.
Esto es especialmente cierto en rutinas donde
se da algunas de estas características:
a. La desaparición es especialmente espectacular.
Piensa en las grandes ilusiones o, por ejemplo,
en la desaparición de la jaula de Buatier
de Kolta.
b. El juego evoca una quimera, ilusión o sueño
del que despertamos al final.
Imagina, por ejemplo, la presentación de un
avaro que sueña que va encontrando monedas, y luego, al despertar, todas se
desvanecen. Se esas monedas nunca fueron reales, es lógico que desaparezcan al
final.
c. El elemento que desaparece es el símbolo de
algo negativo.
Imagina la rutina siguiente de claro enfoque
trascendente. Enseñas una baraja de póker y haces que los espectadores asocien
los puntos de las cartas con problemas y preocupaciones particulares. Al final,
la baraja se vuelve blanca, con lo que -metafóricamente- los problemas se han
desvanecido. Entenderás que en este caso no haya necesidad de dar marcha atrás
para que todos los “problemas” reaparezcan.
Es como si le pides a un espectador que escribe
un miedo, una fobia o un problema en una tarjeta y luego haces desaparecer lo
escrito.
Tras la resolución liberadora ya no cabe volver
atrás.
BAJAR LAS EXPECTATIVAS: UNA ESTRATEGIA MUY ÚTIL
Bajar las expectativas del espectador en cuanto
al efecto nos permite generar un mayor impacto cuando éste acontece. La idea
es, pues, insinuar que vamos a lograr un efecto menor que el que en realidad
nos proponemos.
Para ello podemos proceder de tres maneras:
1. Podemos
negar que vayamos a lograr el efecto debido a su extrema dificultad. Para que
esto funcione, tenemos que ser muy convincentes en nuestra afirmación, y además
el efecto insinuado debe parecerle realmente difícil a los espectadores.
Podemos por ejemplo romper una carta firmada,
negar que vayamos a recomponerla por la dificultad que supone, y luego afirmar
que nuestro propósito es simplemente que uno de los trocitos viaje al estuche.
Entonces cogemos los trocitos, los hacemos desaparecer y, al abrir el estuche,
se ve que el trocito elegido realmente ha viajado a su interior, sólo que lo ha
hecho junto a los demás trozos, ya que la carta está totalmente recompuesta
dentro de él.
En ocasiones, no hay que negar el efecto mayor
por no ser tan evidente. Tan sólo basta con anunciar el efecto menor.
Imagina, por ejemplo, que, tras hacer un centro
roto, anuncias que vas a adivinar una de las letras de la palabra escrita. Para
ello puedes recurrir a esta sutileza de Banachek.
Le pides que piense en una consonante que esté
dentro de la palabra, es decir en su interior, no en los extremos. Habrá como
mucho una, dos o tres consonantes con esta característica. Entonces tú -que
sabes secretamente la palabra, gracias al centro roto, a la cartera de v o lo
que sea- apuestas por una de ellas y la nombras.
Por ejemplo, si la palabra es libertad, puedes nombrar la “B”, la “R”
o la “T”. En este caso yo nombraría la “T”, ya que es la primera que me viene a
la mente (con lo que es probable que también sea la primera que le viene a la
mente al espectador).
Si aciertas, es un pelotazo. Ha escrito una
palabra que sólo él conoce y, dentro de esa palabra, ha pensado en una letra.
¡Y tú la has adivinado!
Si fallas, no hay problema. Recurres a la
siguiente salida o out:
Pero hay una
“T”, en tu palabra, ¿no?
Enseguida el espectador te contestará que sí,
lo cual también supone un impacto para él (y para el público), con el que
enseguida se olvidarán del intento fallido.
Ahora le pides que piense en la letra que
quiera, sea vocal o consonante, anunciando que la vas a adivinar con total
seguridad. Entonces coges un papelito y anotas la palabra entera, en este caso libertad. Doblas el papel y se lo
entregas.
Cuando lo abre, descubre que, no sólo has
escrito la letra en cuestión, sino también la palabra al completo.
Con esta sutileza de Banachek, al final, al espectador le queda la sensación de que, de
algún modo, realmente puedes introducirte en su mente.
Otro ejemplo es el siguiente uso del rotulador
psicoquinético.
El efecto es que colocas el rotulador encima
del vaso y este se cae del mismo tras unos segundos.
Puedes bajar las expectativos diciendo que el
rotulador va a vibrar un poco, que se fijen bien.
Esto conlleva dos ventajas: el espectador va a
sufrir un mayor impacto cuando caiga el rotulador y, además, probablemente esté
atento y no se pierda la repentina caída, cuando suceda, peligro que tienen los
efectos breves.
Dicho de paso, otra posibilidad para que los
espectadores no se pierdan el momento del efecto es anunciarles que está
sucediendo justo antes de que sea así.
Mirad, la baraja se corta
sola… (Haunted deck)
2. La segunda opción para bajar las expectativas
es realizar un gag al principio de la
rutina. El efecto fallido o cómico relaja a los espectadores, llevándolos a un
estado anímico más propio de la comedia. Con él, la expectativa en relación con
lo mágico baja enteros.
Cuando a
continuación introducimos un efecto potente y real, su impacto para los
espectadores es enorme.
La siguiente rutina de Tamariz –visionada en uno de su programas televisivos de los
ochenta- es un magnífico ejemplo de esta idea.
El maestro empieza dando la baraja a un
espectador para que la mezcle, saque luego una carta de ella, la mire, la
devuelva él mismo al mazo (que sigue en todo momento en sus manos) y al final
vuelva a mezclar. Tras todo este manejo -hecho enteramente por el espectador-,
éste le entrega la baraja a Tamariz,
quien ahora le suelta lo siguiente:
¿Crees que en
estas condiciones puedo encontrar tu carta?
Cuando el espectador le dice que no, Tamariz tira las cartas hacia atrás
diciendo:
¡Efectivamente!
¡No puedo!
Lógicamente, tras este disparatado gag, el público se descojona y da por
hecho que el efecto no va a tener lugar.
Sin embargo, un instante después, Tamariz saca otra baraja (en este caso
una baraja i) y le pregunta al espectador cuál era su carta. Cuando éste se la
dice, nadie puede anticiparse a lo que se avecina. Como ya te puedes imaginar,
al final resulta que la carta elegida es la única de dorso entre todas las
demás de cara.
Un último ejemplo divertido.
Imagina que usas un u. para adivinar
pensamientos en mentalismo.
Empiezas escribiendo “tu palabra” en el bloc y
lo dejas sobre la mesa. Le pides al espectador que te diga una palabra. Y luego
le dices:
Te imaginas que en el bloc
esté escrito tu palabra…
Tras la subida de interés, giras el bloc y se
ve que efectivamente has escrito “tu palabra”. Has hecho un manido gag que
siempre funciona y que, además, ha bajado drásticamente las expectativas.
A continuación, finges escribir algo en el bloc
y le pides al espectador que te diga un número de dos cifras. Te lo dice. Ahora
le sueltas:
Te imaginas que en el bloc
esté escrito tu número…
Le preguntas qué número ha pensado. Te lo dice.
Cuando (por el uso del u.) giras el bloc y
aparece allí su número (de verdad, 27, por ejemplo), el pasmo es total.
Esto conlleva dos ventajas:
a. Mayor impacto por la bajada de las
expectativas. Se habían anticipado u otro gag tipo “tu número” y…
b. La cancelación de posibles métodos, ya que,
en el primero efecto del gag, el bloc estaba en la mesa y lo giró el espectador,
por lo que es bastante probable que, en el recuerdo, se mezclen las dos fases,
dificultando aún más el análisis de los espectadores, con el falso recuerdo de
que el bloc estaba en la mesa cuando el espectador lo giró para ver el número.
De todas formas, ¿qué profano va a pensar en un
u.?



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