LA BARAJA DE LOS EFECTOS INVISIBLES
—¿Puedo usar esa idea? —me preguntó Gabi.
La pregunta no fue retórica. Vino directa, sincera. Y me sorprendió muchísimo.
No todos los días un mago como Gabi Pareras te pide permiso para hacer suya una herramienta tuya.
Ocurrió en La Peza, un pueblo perdido entre montañas, donde la magia parece filtrarse por las piedras y las conversaciones.
Allí, convocados por el maestro Luis Arza, coincidimos unos cuantos locos del arte: Juan Luis Rubiales, Luis García, Manu Montes, Miguel Ángel Gea y el propio Gabi. Y muchísimos magos más atraídos or el encuentro. Se habló de la magia, de su situación actual, de su futuro.
Durante aquel encuentro, estaba en un bar con un colega (ya no recuerdo quién) y le conté esta idea de cómo usar una baraja para ensayar. Gabi estaba a mi lado y tras la explicación me pidió permiso para utilizar la idea.
Y la idea era esta.
Se trataba de una baraja francesa usada, manoseada, que había dejado atrás los juegos de póker y magias diversas.
En sus caras, escritas con rotulador, no solo hay cifras y palos desgastados, sino también nombres. Nombres de efectos mágicos. Algunos llevan años conmigo. Otros son proyectos a medio construir. Y algunos ni siquiera saldrán a la luz. Están en estado larvario, pero ya ocupan su lugar en el mazo.
La mecánica es sencilla, casi infantil: se mezcla la baraja, se gira la carta superior, y el efecto que aparece se convierte en la estrella del momento.
Pero el ensayo no se limita a repetir una rutina mecánicamente. No se trata de ejecutar por ejecutar.
Lo importante es cómo se ensaya.
Primer nivel: ensayo físico
Si estoy en casa, con el tapete desplegado, las monedas brillando a un lado, y la baraja en la mano, realizo el efecto tal cual.
Me entrego al juego como si el público estuviera presente. Lo ejecuto desde el principio hasta el final, y entonces observo.
¿Dónde tropieza el ritmo? ¿Qué gesto es innecesario? ¿Dónde podría mirar en lugar de hablar, o callar en lugar de mostrar? Ese nivel de ensayo —el físico, el completo— es oro.
Me permite descubrir, pulir, elevar.
Pero no siempre se puede disponer de ese entorno perfecto. Y ahí es donde la baraja despliega su verdadero poder.
Segundo nivel: ensayo invisible
Imagina que estás en una cola, o esperando que abran una sala, o simplemente paseando. Las manos están libres, pero no hay material a la vista.
Sin embargo, puedes ensayar. Extraes una carta, lees el efecto… y lo representas en el aire. Mueves las manos como si tuvieras las cartas. Sostienes las pausas. Repites los gestos en el vacío.
No hay público, pero tu cuerpo actúa.
El ensayo invisible es más poderoso de lo que parece. Te obliga a interiorizar el efecto, a sentirlo desde dentro. Es como hacer teatro sin escenario, pero con toda la intensidad de la escena.
Y aún hay un nivel más profundo.
Tercer nivel: ensayo mental
A veces las manos están ocupadas.
Estás en un tren abarrotado. En una conversación donde no puedes gesticular. O conduciendo.
Y cuidado con esto último: aunque parezca que se conduce automáticamente, no conviene distraerse demasiado. Ensayar mentalmente está bien, pero sin olvidar que llevas un volante entre las manos. La seguridad, siempre primero.
Dicho esto, el ensayo mental tiene su propio brillo.
Visualizas cada paso del efecto. Escuchas tu voz en la presentación. Sientes las reacciones. Observas los momentos de tensión, las pausas, las sorpresas.
Como si estuvieras viendo tu propia actuación en una pantalla mental.
No siempre es fácil. Hay que entrenarlo. Pero cuanto más lo practicas, más descubres detalles sutiles.
A veces mejoras un texto, o descubres una estructura más fluida, o entiendes por qué esa carga en el momento dos no funciona.
Y así, carta a carta, el repertorio va creciendo. No solo hacia afuera. También hacia dentro.
Porque esta baraja no es solo un registro de lo que sé hacer.
Es también un mapa de lo que quiero llegar a hacer.
Hay efectos ahí que aún no han visto la luz. Proyectos esbozados, sueños por cumplir.
Y sin embargo, cada vez que vuelvo a uno de ellos —en el ensayo físico, en el invisible o en el mental— algo se afina. Se completa. Se transforma.
Pero eso no es todo.
La baraja como espectáculo
Un día, mientras explicaba esta herramienta a un amigo, se le ocurrió otra posibilidad:
—¿Y si dejas que el espectador elija la carta?
Y claro. La baraja de efectos también puede convertirse en una baraja de destino. Para actuaciones informales, o incluso para un pequeño show más estructurado, basta con ofrecer al espectador que saque una carta cualquiera.
El juego que aparece… se realiza. Así de simple. Así de potente.
Si seleccionas tres efectos, tienes una triada mágica. Un mini espectáculo con principio, nudo y final. Y lo mejor: el orden lo marca el azar. O el espectador. O la energía del momento.
Y ese espectáculo nunca se repetirá.
No hay mejor forma de mantenerte vivo y alerta como mago.
Porque no hay rutina preestablecida. No hay guión cerrado. Solo una baraja.
Y tú.
Y esa es, quizá, la clave más profunda de todo este asunto.
No se trata de una herramienta. Ni de una técnica de ensayo. Ni siquiera de una idea ingeniosa que gustó a Gabi Pareras.
Se trata de convivir con la magia.
De tenerla siempre a mano.
Y de recordar que, incluso cuando nadie te mira…
puedes seguir sorprendiéndote.



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