EL MÉTODO CONTRATINTUIVO por Mariano Vílchez

 



La semana pasada hablé de magia y significado, como preludio a una serie de artículos pensados en darte herramientas para inspirarte a encontrar presentaciones que le vaya bien a tu magia.

Hoy regreso brevemente a la teoría mágica estructural pura y dura con un artículo sobre un concepto clave para lo que yo denomino resistencia al análisis.

De los cuatro propósitos que tiene para mí el estudio de la teoría mágica (claridad, limpieza, potencia del clímax y resistencia al análisis), este último es el que más apasiona.

Lo confieso, siempre me ha fastidiado que la gente consiga analizar cómo se hizo un efecto. La imposibilidad en el momento (y en una reflexión posterior) es para mí determinante para que la magia sea lo que es.

Es más, desde que me inicié en la magia, todas las veces que me “pillaron el truco” fueron demoledoras pues me lo tomaba como algo personal. Y cada vez que ocurría (lo cual era frecuente) sentían ganas de abandonar la afición.

Por suerte la pasión por seguir fue siempre superior a la frustración del momento. Y eso ocurre con todos los caminos, con todas nuestras pasiones.

Recuerdo que, de pequeño, mi hermana me desmontaba cada uno de los trucos de mi caja de magia de Gérard Majax. No conseguía engañarla nunca…

Hasta un día en que, ya adolescente, le hice el Chicago opener, y quedó K.O. Desde ese día le tengo especial cariño al juego que te recomiendo vivamente, si es que no lo conoces ya. (Creo que el Canuto aparece como La dama que se ruboriza.)

A lo que vamos hoy voy a hablar del método contraintuitivo o indirecto, un concepto que trata Darwin Ortiz en Diseño de Milagros.

 

Los métodos contraintuitivos presentan una ventaja importante:

Aplican un método, gimmick o artilugio de forma contraintuitiva para lograr un efecto que normalmente nunca asociaríamos con tal gimmick o método.

En otras palabras, son casi imposibles de imaginar por parte del profano.

La buena magia está llena de ellos. Si te apetece, vamos con unos cuantos ejemplos.

1. Empecemos con un caso bastante ilustrativo: el uso del hilo invisible.

Está claro que el uso del hilo como método para el floting de un billete, por ejemplo, puede ser algo concebible y por tanto imaginable para el espectador, si bien es cierto que la forma contraintuitiva de ciertas formas de enganchar el hilo hace que su uso para tal fin pueda llegar a ser finalmente engañoso.

Sin embargo, es muy difícil que se asocie uso del hilo con las cartas equilibristas de Gaetan Bloom, por ser éste un uso indirecto y absolutamente contraintuitivo del mismo.

 

2. Otro ejemplo sencillo citado por Darwin Ortiz en Diseño de milagros es el intercambio mágico de dos cartas a base de dobles lifts.

Tenemos dos cartas A y B encima de la baraja más una extra, supongamos que la A, ordenadas así, A, B y A, de dorso y de arriba abajo. Realizamos un doble, se ve B y la colocamos en la mesa de dorso (en realidad colocamos A). Hacemos otro doble, se ve A y la colocamos de dorso al lado de la otra (en realidad es B).

Ahora decimos que las cartas se van a intercambiar.

Lo intuitivo ahora para los espectadores es que pretendiésemos de algún modo intercambiar de forma secreta la posición de las dos cartas, mediante algún ardid, algún tipo de enfile invisible. No pueden imaginarse que la transposición ya se haya logrado mediante los dobles lifts y el uso sutil de la carta repetida.

Una de las ventajas del método indirecto es que suele ocurrir fuera del intervalo crítico (el momento que va desde la última vez que se muestra al espectador la situación inicial hasta la primera vez que presencia la situación final).

Este es el caso aquí. Acabamos de establecer las condiciones iniciales, mostrando las dos cartas, y para cuando pretendemos realizar el mágico intercambio, las cartas ya están cambiadas.

El método se dio antes del intervalo crítico que transcurrió desde que se vieron las cartas por dobles lifts para ponerlas en la mesa (última vez que se muestra la situación inicial) hasta que se muestran intercambiadas (momento de la revelación de la situación final).

Este efecto es muy potente para los profanos y no necesariamente requiere de carta repetida, si se usa un ardid de falsa continuidad psicológica. (Si te interesa esta versión, consúltamela a mi email personal potenciatumagia@gmail.com, como por cierto puedes hacer para cualquier duda o comentario en cualquier momento.)

 

3. En una predicción, Jim Swain afirma que tiene tres cartas especiales en su cartera.

A continuación, da a elegir libremente tres cartas de la baraja. No las fuerza.

Entonces, al abrir la cartera, se ve que contiene como predicción precisamente las tres cartas elegidas.

El método es insospechable para el profano.

Jim empalma las cartas elegidas y las introduce en la cartera para a continuación mostrarlas como predicción.

Ya de por sí, sería incomprensible el viaje de tres cartas al interior de una cartera (por la combinación de dos conceptos muy fuertes: empalme y cartera trucada), pero es que, además, se usa esa trasposición de forma contraintuitiva, no para el efecto de viaje en sí, sino para una predicción, algo totalmente impensable para los profanos.

Hay que señalar que en este ejemplo la trampa también sucede fuera del intervalo crítico.

Jim anuncia la predicción y los espectadores eligen tres cartas.

A partir de ese momento se asume que todo está hecho, o coinciden las cartas o no.

La trampa de introducir las cartas en la cartera al sacarla está fuera del momento cadente, no es más que la comprobación de si el mago ha acertado o no.

Ocurre, sorprendentemente, después del intervalo crítico, a diferencia del caso de la transposición de carta, en la trampa sucedía antes del intervalo crítico.

 

4. Te describo un último e interesantísimo ejemplo citado por Darwin Ortiz.

Le damos al espectador una baraja. Le pedimos que la mezcle sin mirar debajo de la mesa, que saque una carta, la mire y la vuelva a introducir en el mazo para seguir mezclando bajo la mesa.

Ahora le pides a otro espectador, que no ha visto la carta, que corte y complete el corte.

Finalmente le preguntas al primer espectador que nombre su carta y que vaya echando, una a una, cartas de dorso sobre la mesa, deletreando con cada carta una letra del nombre de la carta.

Se gira la última carta.

Es la elegida.

Antes de seguir leyendo, vuelve a leer las premisas e intenta encontrar la solución.

Complicado, ¿verdad?

La solución de ese juego es tan simple como inesperada: una baraja de forzaje con todas las cartas iguales.

Vuelve a leer el juego y te encajará.

La solución es engañosa hasta para magos, por no tratarse del uso directo de una baraja forzada.

Si le dijésemos al espectador que sacase la carta de la baraja, la mirase y la devolviese a la baraja bajo la mesa, y entonces lo mirásemos a los ojos y adivinásemos la carta, es probable que pudiera sospechar de la existencia de cartas repetidas.

Sin embargo, el hecho de deletrear despista y lleva a la idea de que el otro espectador tuvo que cortar en el punto preciso que llevara la carta en el lugar adecuado.

Es un uso indirecto y contraintuivo, de ahí su capacidad de engaño.

En general los métodos más directos e intuitivos pueden llevar a los espectadores a hacerse preguntas cuyas respuestas pueden conducirles a la solución del propio método.

Sin embargo, los métodos indirectos o contraintuitivos llevan a preguntas sin salida, que no conducen a solución alguna, ya que parten de supuestos falsos asumidos por autoconvencimiento.

En el primer caso, el del hilo, si vemos volar un billete, automáticamente nos preguntaremos cómo es que puede volar. La respuesta del hilo es muy intuitiva, casi inmediata.

Sin embargo, si vemos una carta en equilibrio sobre la mesa, al formularnos la pregunta de por qué no se cae, sea cual sea, la solución que se nos ocurra, es poco probable que se trate de la del hilo.

En el caso 2 de las cartas que se intercambian, el espectador se pregunta básicamente: ¿Cómo se han intercambiado las cartas, si ni siquiera el mago las ha acercado?

Dicha pregunta no tiene solución, conduce a un camino sin salida, porque presupone en primer lugar que las cartas eran las que se suponían que eran, no se plantea que pudieran ser otras, como ha ocurrido gracias a los dobles volteos.

La pregunta en el caso 3 de la predicción de Jim Swain es: ¿Cómo sabía el mago que yo iba a elegir precisamente esas tres cartas?

Dicha pregunta no tiene solución, ya que el mago realmente no lo sabía. Para dar con la tecla el espectador tendría que hacerse esta pregunta: ¿Cómo ha conseguido el mago que las tres cartas que he elegido estén ahora en la cartera?

Es imposible que el espectador profano se formule tal pregunta y ello por dos razones: a. Es absolutamente contraintuitiva. b. Es también una pregunta sin salida, ya que su contestación supone la unión de dos poderosos conceptos desconocidos para el profano: el empalme y la cartera trucada.

En este caso la solución al problema (que el mago haya conseguido llevar las cartas elegidas a la cartera) es otro problema casi tan inexpugnable como el primero (¿cómo ha conseguido llevar las cartas al interior de la cartera?)

El caso 4 del deletreo es interesantísimo. Es muy probable que la pregunta tras el juego sea: ¿Cómo ha cortado el otro espectador sin pretenderlo como para que la carta esté justamente en su posición exacta al final del deletreo?

No hay respuesta. Se asume que se ha colocado la carta elegida en cierta posición, ya que eso es lo que evoca el deletreo.

Es poco probable que a algún espectador se le ocurra la solución de que todas las cartas son iguales.

Sin embargo, si se hubiera hecho un uso más directo de la baraja de forzaje, haciendo por ejemplo, que el espectador cogiera alguna carta bajo la mesa, le echase un vistazo, la perdiera dentro de la baraja y, a continuación, nosotros se la adivináramos sin más, la pregunta que se formularía sería: ¿Cómo sabe mi carta? Esta pregunta puede conducir, tras cierta reflexión, a la solución de que todas las cartas son iguales.

Lo interesante aquí es que se podría dificultar el razonamiento del espectador si el mago cogiera la baraja y empezara a pasar cartas (todas iguales) para sí, en busca de la carta elegida, hasta extraerla (cogiendo una cualquiera de las repetidas) y mostrarla al espectador, ya que la pregunta aquí sería: ¿Cómo la ha encontrado?

En este caso es menos probable que las respuestas que obtengamos nos lleven a la solución de que las cartas son iguales, pues si se pregunta cómo se ha “encontrado” una carta, se presupone que esa carta es única entre las demás.

Por otro lado, nuestra actitud de buscar una determinada carta pasando unas cuantas cartas antes que ella es un detalle de autoconvencimiento que ayuda a descartar inconscientemente la solución de cartas repetidas. Si fueran todas iguales, ¿para qué tantas molestias en buscar una concreta?

Aquí subyace la idea del principio de lo demasiado obvio formulado por Rick Johnsson que veremos en un futuro artículo. En síntesis, la idea es que, a veces, extremar la dificultad de las condiciones en que tiene lugar un efecto puede conducir directamente a la solución, lo que nos aconsejaría aligerar tal dificultad.

En el caso anterior, es más limpio y fuerte como efecto el nombrar la carta directamente sin coger la baraja que el hecho de buscarla en la misma. Sin embargo, la primera opción es más susceptible de llevar a los espectadores a encontrar la solución del misterio.

¿Se nota o no se nota que no me gusta que me analicen los juegos?










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