MAGIA, ASOMBRO Y ESPIRITUALIDAD

 



El otro día dejó de funcionarme el mando del coche.

Al salir de coche, traté de cerrarlo con el mando. Tras unos segundos absorto y bloqueado, me di cuenta de que estaba tratando de hacer algo imposible. Estaba intentando cerrar el coche con un mando que ya no funcionaba. 

El caso es que me había quedado pillado, en trance, unos segundos antes de caer en la cuenta. 

Tras experimentar cierto fastidio, introduje la llave en la cerradura y usando el modo tradicional, giré la llave y cerré el coche.

Confieso que sentí cierto asombro al comprobar que el mecanismo antiguo seguía vigente y la sensación de cerrar manualmente me alivió, transportándome durante un instante a una época anterior, la época en que los coches se cerraban girando la llave en la cerradura de la portezuela.

Al caminar hacia casa, fui consciente de que había experimentado dos momentos de asombro en esta experiencia.

El primero durante mi bloqueo al darle al mando una y otra vez compulsivamente hasta despertar de mi inconsciencia. 

Y el segundo, cuando introduje la llave y se obró el milagro de que el antiguo y olvidado procedimiento siguiera funcionando.

Y luego me pregunté si era correcto calificar ambas experiencia con el término “asombro” y, si no, ¿por qué me había venido entonces este término a la mente?

Han ido pasando los días y no he encontrado el momento de pasarme por el taller para reparar la avería del mando, por lo que he tenido que fastidiarme y volver al viejo proceso de cerrar y abrir a la antigua usanza, con el fastidio que ello supone, sobre todo cuando tienes que cargar con varias cosas recién sacadas del asiento trasero o del maletero, porque tienes que dejarlas en el suelo para cerrar y luego has de hacer el esfuerzo de volverlas a coger, acto que te ahorras con el mando, ya que con un golpe de brazo o de pierna puedes cerrar la portezuela y darle al mando con los brazos cargados.

Con ello he vuelto a ser consciente de la existencia de la cerradura de coche, ya que durante unos días (soy duro para cambiar de hábitos) me he empeñado en seguir intentando abrir con el mando, olvidándoseme cada vez que el artilugio estaba jodido, por lo que cada vez me que he quedado en babia unos segundos, y he sentido el mismo fastidio de tener que acercarme a la puerta para meter y girar la llave una y otra vez.

La cuestión es que todas esas veces salí de mi ensoñación, de mi inconsciencia y aterricé en el momento presente, aquí y ahora.

Yo, el observador, la pausa, el espacio, la cerradura no funciona, aquí y ahora introduzco la llave y… milagro, la puerta se abre de nuevo.

Cuando le preguntaron Ramana Maharshi cómo se sabía el grado de evolución personal en cuanto a lo espiritual, el maestro contestó que el grado de pensamiento.

Cuanto menos pensamos en la vida cotidiana, más avanzados estamos en lo espiritual.

Si esto es así, este incidente con el mando quizá me hizo un poquito más espiritual.

Y eso lo que produce el asombro, una detención repentina del pensamiento, un oasis, un espacio en que nos quedamos en babia y, en el mejor de los casos, no encontramos un camino inmediato de vuelta a casa, a la lógica, sino que nos quedamos unos instantes rondando en el vacío.


Según la RAE el asombro es, en el sentido que nos interesa, gran admiración o extrañeza.

En otra acepción añade las dimensiones de susto o sorpresa.

Esta es mi aproximación personal a la definición del término en cuanto al ámbito mágico. 

El asombro es sorpresa, lo inesperado, lo que no tenía que suceder y sucede (o lo inverso, lo que debía suceder y no sucede).

El asombro es la resistencia para creer en lo que se está viendo.

Es mirar con interrogación en busca de un porqué para algo que no cuadra, que no puede ser y, al mismo tiempo, no encontrar un camino, por lo que se da vueltas en una espiral de vacío, al menos un instante.

En este sentido el asombro es una de las manifestaciones más supremas de la experiencia mágica.

Precisando el punto anterior y entrando ya plenamente en el dominio mágico, se puede decir que el asombro es el exquisito fenómeno mental que sucede en aquél que se empeña en mirar en busca de algún dato que contradiga la visión imposible de lo que está presenciando, al tiempo que intenta explicarse dicha visión.

El asombro es ese delicioso vaivén mental que va de lo visual a lo racional y viceversa, sin ser capaz de hilar un camino racional duradero, o al menos iniciarlo de lleno durante un momento. 

Es como el espectador que presencia la revelación del Fuera de este mundo.

Si te fijas en su mirada, a menudo notas que está perdida en el tapete buscando una carta “descolocada” que suavice la imposibilidad de lo que está sucediendo, al tiempo que le está dando vueltas a cómo se ha podido llegar a tal situación, habiendo decidido él mismo el reparto.

Al final, tras unos instantes de ir de la contemplación del tapete a la reflexión retrospectiva (y viceversa), el espectador se rinde al efecto.

Esta experiencia adquiere un carácter peculiar en algunos juegos de Paul Harris.

De hecho, en algunos de sus efectos, el espectador no sólo puede cuestionarse visualmente lo que está viendo, sino que además puede interaccionar con los elementos mediante el tacto o la manipulación, en un intento de resistirse a la experiencia mágica.

Esa resistencia o ese “quedarse pillado” es similar a lo que me ocurrió a mí, mientras intentaba abrir el coche compulsivamente con el mando roto, sin ser consciente de que estaba en un bucle sin retorno, hasta que desperté de mi inconsciencia y me rendí a la inoperancia del mando.

Estos instantes de lucha arriba descritos, son para mí el quid del asombro. Sólo una vez que se superan (asumiéndose la derrota intelectual y la rendición a lo visual) se produce al fin el abandono a la experiencia mágica.

Eso sí luego, se sale de ese estado y vuelve a pensar, iniciando un análisis racional de búsqueda del método, pero ya se pasó por el torbellino.

Pondré un par de ejemplos del maestro Harris.

Uno es el Twilight Angels, efecto en el que uno de los ángeles ciclistas de la Bycicle desaparece del dorso de la baraja para, al final del juego, reaparecer al lado del otro, pedaleando ambos en la misma dirección.

Por la naturaleza del efecto, el espectador se resiste pensando que el ángel consiste en algún tipo de calcomanía. Por ello intenta rascar el dorso buscando confirmar su teoría.

Al final tiene que rendirse a lo imposible.

Otro efecto exquisito sacado del Arte del Asombro (magistral obra del mismo autor, gracias Luis por prestarme en su momento uno de tus tochos más preciados) es uno que se realiza con dos monedas, una grande, por ejemplo de dos euros y otra pequeñita, por ejemplo de 20 cms.

El juego se realiza en el suelo. En mi presentación hablo del modelo heliocentrista, en el que planetas como la Tierra giran alrededor del Sol.

Pongo la moneda de dos euros en el suelo y con la de 20 cms describo un círculo a su alrededor, emulando la trayectoria de la Tierra en torno al Sol.

Luego digo que antiguamente se pensaba que la tierra estaba en el centro del universo y de que todo giraba en torno a ella. Para ilustrarlo, ahora dejo la moneda de 20 cms en el centro y giro la de 2 euros a su alrededor.

Entonces digo que durante siglos existió la idea de que la tierra estaba fija en el centro del cosmos, y, diciendo esto, toco la frente del espectador.

Ahora le pido al espectador que manipule las monedas. Mueve la de 2 euros, nada sucede. Sin embargo, cuando intenta mover la de 20 cms, no puede.

¡La moneda está literalmente pegada al suelo!

El espectador intenta despegarla con ahínco, pero es en vano. Al final se rinde al asombro más absoluto. De nuevo ha habido lucha previa a la rendición.

(Una cascarilla, un cambio y algo de cola anticipada obran el milagro.)



La magia nos devuelve a la consciencia de las cosas porque el asombro es la consciencia repentina de lo olvidado, Y ahí radica, en parte, la fuerza de la situación final ascaniana.

Aparte del contraste que supone –y por el propio contraste-, la situación final cobra nueva luz y conciencia.

El espectador que contempla la baraja separada por colores tras la revelación del Fuera de este mundo nunca habrá sentido que una baraja está tan separada por colores como en aquella ocasión. La consciencia del hecho es mayor por su imposibilidad.

El espectador habrá visto barajas ordenadas varias veces en su vida, (siempre que haya sacada una baraja nueva del estuche) pero nunca habrá sido tan consciente de una ordenación como cuando, tras la octava faro del Ritual de iniciación de Luis García, contempla la reordenación final.

El espectador habrá tenido alguna vez la experiencia de pegar algún objeto a la mesa o al suelo a lo largo de su vida (seguramente en su infancia). Sin embargo pocas veces sentirá que una moneda está tan pegada al suelo como al final del juego de las monedas de Paul Harris anteriormente citado.

Tras la lucha inicial de intentar despegarla (porque siente que es absolutamente imposible que esté pegada, pues la ha visto moverse instantes antes), al final no tiene más remedio que rendirse, sintiendo de forma rotunda, que aquella moneda está pegadísima al piso, como nunca en su vida había sentido que ningún objeto estuviera pegado a ninguna parte.

Y esa rendición lo libera, por un momento, del pensamiento.

 

Al final me acostumbré a abrir y cerrar el coche girando la llave. Dejé de ser consciente de ello y pude seguir enfrascado en mis pensamientos mientras la utilizaba de forma automática (de nuevo).

Un día me pasé por el taller y me cambiaron la pila del mando.

De repente pude sentir la mágica sensación de poder abrir y cerrar el coche a distancia.

Pero a la segunda o tercera me dije: ¿Magia? No, simple tecnología.

Como el agua corriente, la pantalla plana de mi ordenador y las vueltas que da mi planeta sobre sí mismo y alrededor de ese sol que sale y se pone a diario, todo es tecnología, ciencia.

Ya nada me asombra.

Bueno nada...

Este artículo no estaba previsto en un principio, sino otro relacionado con la claridad. 

Una inspiración salió de no sé donde...

Y revisé este antiguo artículo para ti. 

Del blog de Tertulias Mágicas Granadinas de Luis Arza. 

Pienso luego existo.

Pienso luego no existo. 

Que la magia nos haga descansar, 

por un momento... 

del pensamiento.  


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